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Aqui mismo, donde tu estás |
A los jóvenes que lo consultaban por primera vez, el Rabino Bunam tenía el hábito de contarles la historia del Rabino Eizk, hijo del Rabino Yekel de Cracovia.
El Rabino Eizik era muy pobre, pero eso nunca perjudicó su fe en Dios.
Una vez el tuvo un sueño bastante curioso: alguien ordenaba que fuese a buscar un tesoro en la ciudad de Praga, bajo el puente que llevaba al palacio del rey. En la noche siguiente, el Rabino Eizik tuvo el mismo sueño. Cuando , en la tercera noche, el sueño se repitió, el Rabino Eizik dicidió ir a buscar ese tesoro.
Se preparó cuidadosamente para un largo viaje y finalmente partió en dirección a Praga. Al llegar a la ciudad, se dirigió inmediatamente al puente que llevaba al palacio del rey. Protegiendo el enorme palacio, un río de aguas muy claras podía ser cruzado por un puente de pesadas columnas. Al pasar junto a las columnas del puente, el agua formaba olas haciendo un agradable ruido.
Pero el puente era vigilado día y noche, y el Rabino Eizik no osaba comenzar a cavar al lado de la margen. Todas las mañanas, bien temprano, el Rabino Eizik volvía al puente y por allá paseava hasta el anochecer. Hasta que un día el capitán del los guardas, que lo venía observando, le preguntó gentilmente si estaba buscando algo o esperando alguien. El Rabino Eizik le contó al capitán sobre el sueño que lo había hecho venir desde su país lejano.
El capitán lo miró piadosamente y le dijo: Quiere decir que para corresponder a su sueño, mi pobre joven, usted gastó sus viejas botas para llegar hasta aquí! Tengo hasta un poco de envidia por su persistencia. Eso realmente es creer en sueños. Voy a contarle una cosa. Si yo creyese en mis sueños, habría partido en un largo viaje hace muchos años, cuando cierta vez alguien me ordenó que siguiese hasta Cracovia donde encontraría un tesoro.
Debería cavar un agujero atrás de la cocina de la casa de un judío llamado Eizik, hijo de Yekel. Muchas veces imaginé cómo sería. Yo probablemente pasaría el resto de mi vida golpeando en todas las casas de la ciudad, donde la mitad de los judíos se llama Eizik y la outra mitad Yekel". Al decir eso, el capitán miró vagamente para el horizonte, meneó la cabeza en señal de desconfianza, y sonrió para el Rabino Eizik. El Rabino Eizik a su vez, miró al capitán como si estuviese encantado com su historia. Le agradeció mucho, hizo una reverencia, ahora com los ojos iluminados. El capitán, sin entender lo que sucedía, miró intrigado al Rabino Eizik.
El Rabino Eizik partió inmediatamente de vuelta a su casa, emprendiendo nuevamente la larga jornada, ahora com la certeza de que encontraría su tesoro. Ni bien llegó se dirigió a la cocina, separó la cocina y cavó febrilmente hasta encontrar un inmenso tesoro. El Rabino Eizik, ahora un hombre rico, mandó a construir una maravillosa sinagoga llamada "Shul Reb Eizik Bem Reb Yekel".
"Lleven esta historia en el corazón", el Rabino Bunam agregava "e practiquen esta lección ustedes mismos: existen cosas que podemos correr el mundo entero para encontrar, pero que no se pueden encontrar en ningún lugar del mundo, ni cerca de un tsadik. Hay apenas un lugar donde podrás encontrarlas".
Existe una cosa que solo podrá ser encontrada en un lugar. Es un gran tesoro, que puede ser chamado de plenitud de la existencia. El lugar donde este tesoro puede ser encontrado es aquí mismo.
Las cosas que me suceden y me solicitan a cada día, son las que abrigan mi tarea esencial. El Baal Shem Tov enseña que todo contacto com alguien o com alguna cosa, en el curso de nuestras vidas, trae el potencial de revelar su esencia espiritual. Ella depende de nuestro auxilio para ser alcanzada. El Rabino de Kotzk decía: "Dios habita donde quiera que el Hombre Lo deje entrar". Este es el objetivo supremo: dejarlo entrar. Pero nosotros solo podemos dejarlo entrar donde estamos. Se mantenemos una comunicación verdadera com el pequeño universo que nos fue confiado, si ayudamos a la esencia espiritual sagrada a emerger en esa parte de la Creación en la cual vivimos estaremos estableciendo aquí mismo, nuestro lugar, una vivienda para la presencia divina.
Adaptado del texto de Estelle Frankel, distribuído en la Kallah de 2003.
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